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Camarón de la Isla
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CAMARÓN
CAMARÓN
 
David y Goliath, al mismo tiempo. En un menudo perfil, el gigante más hondo. El contraste y el equilibrio. Así recuerdan a José Monge aquellos que le amaron seriamente. Entre luces y sombras. En persona. Siempre vivo.

Parecía aterido, indefenso, frágil como un cristal de Bohemia, en la bohemia flamenca de los últimos 70. Pero José Monge Cruz, Camarón de la Isla, se crecía luego, fugaz, intensamente, con aquella rara voz suya de todos los demonios que se alzaba hasta el tono del nueve y al a que muy pocos guitarristas pudieron acompañar. Tomate, por supuesto, el escudero que supo convertirse en la vara de bambú que sabía encogerse o imponerse ante el vendaval cantaor que le acompañaría desde La Leyenda del tiempo.
Con Paco fué otra cosa. El guitarrista confesó su querencia por el cante hasta el punto de aullar su dolor en Lucía; y se sabe que llegó a tocarse la guitarra a sí mismo. En ese caso, nadie escoltaba a nadie, sino que viajaron juntos, tal vez desde que el azar les juntó en una fiesta jerezana, en la penumbra del Torres Bermejas o en unos juveniles billares de Callao, cuando Camarón llegó a Madrid con aquel Rancapino que cantaba ronco por haber andado descalzo media vida. Por aquel entonces, se me figura que era una suerte de Huckleberry Finn huido de la escuela, crecido en la fragua, pero que guardaba un serio instinto de supervivencia y un viejo sabio que le cantaba en la barriga. En esa rara garganta suya aguardaban secretos colectivos, huellas añejas, el rastro de su pueblo, la rabia imposible de quien no era de este mundo. Venía a ser la piedra filosofal de un prolongado proceso de alquimia y mestizaje; el delta de un largo y caudaloso río gitano que, a lo largo de los siglos, conviertió al flamenco en la caracola que nos habla del mar, de aullidos libres, del compás como una armonía para moverse por la tierra, del duende como una orgullosa actitud ante la vida.




En el año 80, Camarón andaba buscando letras y alguien le brindó una antología de jóvenes poetas gaditanos. Le miró con cara de póquer, como si aquellos versos constituyeran un raro jerogrlífico. Allí estaba, bajo el mismo cuerpo y con la misma alma, el ignorante y el sabio, el rebelde y el estupefacto, el genio y el sinsustancia. Eran dos personas distintas y un solo Dios verdadero: el contraste y el equilibrio, el guasón y el serio, el valiente y el temeroso.
Entre el Cachorro y El Culto, así rememoran muchos al trotamundos que se quedó a vivir en los ojos de la Chispa, al nocherniego que creyó firmemente en que mientras su corazoncito hirviera, sería capaz de vencer a su enemigo. Camarón de La Línea, Camarón de París, al que pudiese ser que le olvidaran las letras, pero que recordó con frecuencia que lo que importaba es el grito, la pasión, el imparable ayay de un temperamento cantaor, desbocado y sin bridas, cuya única frontera fue la pasión o una seria creencia en que todos los enigmas pudieran explicarse por las ecuaciones del ritmo. Cuando todavía muchos críticos le ignoraban o le metían en el saco sin fondo de los mil y uno cantaores que despuntaban, Camarón era ya una leyenda irrebatible para quienes le habían seguido el rastro desde Canastera hasta el comprometido milagro de La Leyenda. También fue un espejo. Para lo bueno y para lo malo, cuando había seguidores que le lanzaban papelinas de polvo blanco en los conciertos o el caballo cruzaba entre sus amistades y vencindarios. La droga venció a su cuerpo pero no pudo agotar su fuerza de animal herido que se rebelaba frente al cigarrillo de heroína, consciente de que la muerta iba a visitarle con cada calada y que esa afición suya podía ser también un peligroso mensaje hacia los jóvenes que le seguían como un catón, que le veneraban como a un héroe. Así se lo oí decir una noche estival de 1991, a José Chamizo, que se las había apañado para pedirle un autógrafo para un joven yonqui, que veía en Camarón algo más que una voz o un prodigio, la prueba del nueve de que se podía salir de la miseria, de los arrabales de la historia, de los suburbios de un sistema que nunca dio un centavo por los débiles.
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La obra discográfica legada por Camarón de la Isla podría contenerse en un cofre encantado lleno de tesoros. Siempre que se hurga en él es posible hallar una joya. Al menos, así lo entienden las compañías discográficas, que desde su muerte en 1992 han producido tres recopilaciones con grabaciones inéditas de uno de los mitos más grandes que tiene el arte gitano andaluz. Se trata de ''Camarón nuestro'' (Philips/Polygram Ibérica, Madrid 1994), ''Camarón, París 1987'' (Mercury Universal Music, Madrid 1999) y ''Camarón'' (Universal Flamenco Vivo, Madrid 2000). Y aún queda mucho material por rescatar.

José Monge Cruz, nombre real de Camarón de la Isla, nace en 1950 en la localidad gaditana de San Fernando (España). Más allá de su condición de leyenda y mito, tuvo una vida desordenada y anárquica que no se corresponde con su legado discográfico. En su quehacer artístico, su voz quedó impresa en 23 discos que grabó casi a razón de uno por año. La suya fue una fructífera vida dedicada por entero al cante, como él mismo decía.


Nombres decisivos...

A los 18 años participó en la primera grabación que realizó el grupo de Antonio Arenas, con quien estaba de gira por América. Camarón intervino en dos grabaciones del grupo de referencia. Más tarde, el legendario tocaor Sabicas -afincado en Nueva York- lo conoció con motivo de un viaje a España y le incluyó junto a otros artistas en un disco que apareció bajo el título ''La historia del flamenco'' (RCA/Victor, Serie Noble).

A partir de entonces y hasta el año 1979, el dúo que formó con el guitarrista Paco de Lucía lo afianzó, y le hizo ganar seguridad para desarrollar sus ideas en torno al cante flamenco. ''La leyenda del tiempo'' (Philips, Madrid 1979) fue el inicio de su relación con otro tocaor, Tomatito, que lo acompañó hasta su último trabajo ''Potro de rabia y miel'' (Philips/Polygram Ibérica, Madrid 1992). En éste, volvió a intervenir Paco de Lucía.


Múltiples estilos...

La relación de estilos que dejó grabados el de la Isla recorre una buena parte del arco de los palos flamencos, según escribe el crítico musical José Manuel Gamboa en ''A Camarón'' (Sevilla: Ediciones Alfar, 1992). El cante que más grabó son las bulerías, un total de 43, seguidas de los tangos, de los que ha dejado un total de 20. De entre los fandangos naturales dejó grabados 18 y siete más de los propios de Huelva. Asimismo, grabó 11 variedades de cantiñas en todas sus modalidades.

Camarón cantó también por soleares (de las cuales dejó 11 estilos distintos) y por tientos, rumbas y seguiriyas, de los que se conservan siete grabaciones. En cuanto a los cantes de Levante, hay en su obra discográfica cinco tarantos, cuatro tarantas, dos mineras y un fandango minero, así como también una cartagenera. Publicó también dos malagueñas, dos granaínas, dos tanguillos y dos canasteras. Y, por otro lado, una petenera, un verdial, un polo, una bambera, una nana, un martinete, una toná y un fandango de Lucena y otro del Albaicín. Fuera del marco flamenco grabó 2 sevillanas y 1 canción.


Generosidad en la difusión...

En suma, el legado de Camarón es bastante extenso, pero aún queda mucho por encontrar. Se prodigó bastante más de lo que la leyenda cuenta -tanto en festivales como en recitales- y jamás ni él ni sus representantes pusieron ningún impedimento para que sus actuaciones fuesen grabadas o, incluso, se transmitieran en directo por radio.

Seguramente, acabarán viendo la luz pública actuaciones memorables como las de la peña El Taranto de Almería de 1984, el festival de Benidorm y los jardines de San Telmo en Sevilla en 1986, la del Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid en 1990 y la del auditorio de La Cartuja de Sevilla en 1991, entre otras muchas.




*Pronto tb introduciré una sección dedicada a este hombre llamado Robert Nesta MArley, o como todos los conocemos: "BOB MARLEY"
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.........Bibliografía de Camarón............


* Camarón de la Isla. Se rompió el quejío.
Andrés Rodriguez. Nuer Ediciones, Madrid, 1992


* Camarón de la Isla. Príncipe de los gitanos.
Ana Baeza. Ediciones Hymansa. Barcelona, 1992


* A Camarón.
Obra colectiva, homenaje Bienal de Flamenco de 1992, coordinada por José Luis Ortiz Nuevo.
Cuenta con colaboraciones de Fernando Quiñones, Manuel Rios Ruiz, Salvador Távora, Felix Grande, José Manuel Gamboa... Incluye un cuidado album de fotos del artista.


* Camarón. Vida y muerte del cante.
Enrique Montiel. Ediciones B. Barcelona, 1993


* Camarón de la Isla. El dolor de un príncipe.
Francisco Peregil. El Pais/Aguilar. Madrid, 1993





* Amigos de Camarón.
(Libro de fotos). José Luis Chillida. Asociación Secretariado General Gitano
y Ayto. de Alcobendas, 1996


* Camarón. Cinco años después.
Colectivo. Revista El Olivo, nº45/46. Villanueva de la Reina (Jaén), 1997


* Paco de Lucía y Camarón.
Felix Grande con pinturas de Zaafra. Lunwerg Ediciones, Barcelona 1999.